Por Alejandra Moffat | Panamá
Es jueves y el cielo está nublado. Partimos del casco viejo que tiene un colorido que me recuerda a Valparaíso, después bordeamos edificios con fachadas carcomidas por la humedad y la sal, y llegamos a otro barrio, de calles curvas. El auto se detiene frente a un portón enorme de madera del que se asoman plantas. El timbre es ridículamente pequeño, un círculo blanco del tamaño de una moneda de cinco centavos. Un hombre mayor me abre la puerta.
Sandra Eleta está sentada en la esquina del sillón, usa un vestido largo y lentes de marco dorado. Su taller es un espacio luminoso, en las paredes hay estanterías con cajas y archivadores. Recuerdo las cajas de zapatos donde uno guardaba cosas en el fondo del clóset: la tapa mordida de un lápiz, un casete grabado en la radio, una servilleta que resguardaba el espíritu de alguien. En estas cajas hay fotografías, catalogadas con calcomanías de distintos colores: Servidumbre, Portobelo, Campesinas, Los abuelos, Ernesto Cardenal, Cuba. Sobre el mueble más cercano hay una vela encendida, la imagen de la virgen de Guadalupe y la fotografía de un hombre que asumo muerto. Reconozco que es una fotografía de Sandra porque la imagen en blanco y negro me guía inmediatamente a los ojos de él, que tiene bigote y está tendido sobre un sillón, mirando a la cámara con complicidad.
Mis amigos saben que soy despistada, una vez estaba segura que me habían robado mi bici y dos meses después, comiendo un chacarero, la vi frente a mí, amarrada a un poste de luz, cubierta de polvo. Un clásico: llegar a un lugar en bici y devolverse en micro. Otra vez, saliendo del aeropuerto, me llamaron de un hotel porque había olvidado sacar la ropa del clóset, recién ahí, a 850 km de distancia, noté que mi maleta pesaba menos que una pluma. Hace unos días estuve con mi amiga Muriel, mientras resolvía algo de su trabajo al teléfono, me quedé conversando con su hijo Emi, de cinco años. –En dos días voy a volar en avión, y voy a conocer Portobelo. Ahí está el Cristo Negro, ¿y sabes qué pirata murió…?–. Emi me interrumpió entusiasmado –¿Y hay dinosaurios y fósiles?–. Le contesté que no tenía idea, que después del viaje le podría contar. Hoy en la mañana, estaba segura que iría a Portobelo, cuando el auto se detuvo frente al enorme portón de madera pensé que era un error o que estábamos haciendo una parada intermedia. Claramente, había entendido todo mal. No había salido de la ciudad.
Me siento al lado de Sandra mientras va mirando las fotografías en blanco y negro que tomó en Portobelo a finales de la década de los setenta, con el dedo me indica el rostro de una mujer rodeada de cuatro niños, están sentados en unos troncos, al fondo el mar difuminado –Ella es mi vecina Chila con sus hijos– . Va al único niño que se le ven los dientes –Esteban era mi consentido pero murió en un accidente– .

Fotografías tomadas en Portobelo a finales de los años setenta por Sandra Eleta./ Fotografía por Enea Lebrun
Luego al que se apoya en el pecho de Chila –Alex siempre fue más callado–. Cambia a otra fotografía, la de un niño que mira con seriedad a cámara mientras una mujer mayor, igualmente seria, apoya una mano sobre su cabeza –Palanca solo encontraba consuelo en los brazos de su abuela Ventura. Él apareció un día por mi ventana, yo estaba escuchando música, él llevaba puesto un guante que le acababa de robar a una señora en el autobús–. Ahora se detiene en una imagen donde una mujer está recostada junto a una niña, apoyando su dedo índice sobre su ojo derecho –Aquí está Josefa, mi amiga curandera, aquí, en esta fotografía, descubrí mis ojos–. Me quedo en suspenso. Ella le da un par de sorbos a su limonada, se empieza a escuchar la lluvia tropical que cae en el jardín, un oasis que da al pacífico.
Este mayo ha estado frío en Santiago, para resistirlo hay que hacer caldillo de mariscos. Los choritos, las cholgas, el piure y las machas traen de vuelta al espíritu. Ya habíamos terminado de limpiar los moluscos con Muriel, cuando Emi se acercó con su pijama de dinosaurios puesto y le preguntó.
–Mamá, ¿cuántas veces me va a cambiar la cara?
Ella le respondió con naturalidad.
–Muchas veces. Tus ojos no van a cambiar pero tus orejas y nariz van a seguir creciendo por mucho tiempo.
Emi abrió los ojos entre fascinado y asustado de sus futuras transformaciones. Cuando ya estaba durmiendo, Muriel me contó que tenía un álbum con fotografías desde que Emi era una guagua y que como ahora iba a cumplir seis años, se le había ocurrido mostrárselo. Él no se reconoció en todas las imágenes.
A los seis años, Sandra dibujaba a su abuelo paterno mientras dormía siestas –Quería retenerlo conmigo, desafiar el tiempo–. A esa edad conoció Portobelo, ese lugar al que su mamá jamás le hubiera permitido ir porque estaba lleno de negros, de los que fueron traídos como esclavos desde África. Su papá inventó que irían a ver al embajador de España. A Sandra la vistieron elegante, cuando llegaron, le llamó la atención que el embajador viviera en una casa tan pequeña, de suelo de tierra, que fuera negro y de barba blanca. El papá la había llevado a conocer a D'Orcy, el hombre que había salvado a su abuelo cuando éste se cortó con un machete.
El taller de Sandra Eleta resguarda décadas de trabajo fotográfico y memoria documental./ Fotografía por Enea Lebrun
No estamos solas en el taller. Mientras me cuenta detalles de ese primer viaje, Sofía mira a contraluz negativos antes de ponerlos dentro de un escáner. Ery busca concentrado algo entre los archiveros, mientras que Enea recorre el fondo del taller sacando fotografías en silencio. Sandra comenta que no le gusta la ciudad, que su corazón se queda en Portobelo, a una hora y media de aquí. Ery le pasa la fotografía que buscaba, ella me la muestra: –Ésta es mi casa. Yo vivo en la casa que era de D'Orcy–. Abro los ojos como Emi.
Después de haber estudiado y trabajado en New York, volvió. Era 1974, D'Orcy estaba muerto y su casa, cerrada. Decidió quedarse ahí. En ese tiempo usaba una cámara 35 milímetros y fue sacando fotografías a medida que se hacía amiga de sus nuevos vecinos. Cuando reveló las imágenes se dio cuenta que no tenía una mirada propia, estaba imitando la de otros. No tenía sentido. Salió de la casa con su cámara, hizo un hoyo en la tierra y la enterró. Su mirada estaba muerta. Tenía treinta y dos años.
El papá de Sandra fue manager de boxeadores, un cliente japonés le había pedido que aceptara pagar su deuda con una cámara Hasselblad, para convencerlo le dijo que con ese modelo habían fotografiado la luna. Cuando volvió del viaje, fue a visitar a su hija a Portobelo con el regalo bajo el brazo –Esta cámara es para gente que vive en la luna, como tú–. No logró convencerla.
Cajas y negativos del archivo fotográfico de Sandra Eleta. /Fotografía por Enea Lebrun
Un día Josefa le pidió que la fotografiara. Sandra le dijo que no podía desenterrar su cámara, entonces su amiga le indicó la Hasselblad cubierta de polvo, –¿y eso qué es?–. A Sandra no le quedó más remedio que conseguir un rollo. La nueva cámara la obligó a cambiar de posición, por primera vez, su mirada hacia la tierra y no horizontal para ver a través del visor. Josefa le estaba sacando el mal de ojo a una niña que sostenía en una mano una vela encendida y en la otra, una copa con agua y hierbas. Cuando saca la primera fotografía, Sandra se da cuenta de que sus ojos se han curado. Su amiga la había salvado.
Antes de irme le pregunto por la fotografía que está al lado de Guadalupe –Es un amigo muy querido que ya falleció, Juan Del Vera, poeta–. Le digo que sus fotografías me transmiten una suspensión, una calma. Sandra sonríe –Eso es porque en ellas no hay apuro ni sofoco–.
En el aeropuerto encuentro el poema Apertura, de Juan Del Vera.
“Porque el hombre aún en su aceptada circunstancia
se disfraza,
se percata,
de los momentos extraños que hace el nacer de las cosas…”
Me interrumpe el anuncio del altoparlante, cierro el computador. Cuando aterrice en Santiago, le tengo que contar a Emi de la cámara que todavía está enterrada en Portobelo.
Créditos
Texto: Alejandra Moffat
Fotografías: Enea Lebrun
Curaduría y edición: Emiliano Monge
Centroamérica Cuenta | Ciudad de Panamá, mayo 2026
Esta crónica forma parte del proyecto Cuenta Centroamérica, en el que escritoras y escritores, participantes en el festival, se sumergen en las calles de la ciudad que les recibe y escriben sobre ellos.
