Por Sorayda Peguero y Frank Báez | Panamá
Querida Sorayda:
Escucho "El Nazareno" en bucle mientras te escribo. Estoy en el principio de la canción, en la parte donde el boricua Maelo está en una fiesta y escucha la voz del Nazareno que lo aconseja espiritualmente. Tal como sabes, antes de que existiera la canción, a su amigo panameño Pedro "Sorolo" Rodríguez, le pasó algo similar. En 1969, en medio de un concierto que Maelo ofrecía en Panamá, escuchó una voz que le dijo “encuentra a Maelo y háblale de mí". Sorolo se coló en los camerinos, fue hasta donde el hombre alto que había hecho vibrar el escenario y le contó que el Cristo Negro de Portobelo quería conocerlo. No recuerdo si se fueron al día siguiente, pero lo que sí está registrado es que viajaron juntos a la iglesia de San Felipe de Portobelo, y en el sitio donde estuvimos parados, Ismael Riveras, alias el sonero mayor, alias Maelo, le rogó al Nazareno, alias el Cristo Negro, alias el Negrito, que lo curase de su fuerte adicción a la heroína. Y lo curó.
Maelo se hizo devoto del Cristo Negro y lo cargaba en sus hombros durante las procesiones. En esa época trabajó en la primera canción que le dedicó -le escribió tres-, colaborando con Henry Dávila Williams, un compositor panameño. ¿Cómo habrá sido el proceso? ¿El Cristo Negro les habrá dictado la letra a Henry Dávila Williams y a Maelo esos soneos tan precisos y poéticos?
Todo esto lo asocio con una pregunta que me hizo Tito Castillo en una mesa que tuvimos sobre poesía en Centro América Cuenta. ¿Dónde nacen los poemas o las canciones? ¿Es un lugar? ¿Es un estado? ¿Es algo que recogemos del exterior o es algo que llevamos dentro? Pienso en nosotros dos que planeamos el viaje a Portobelo porque queríamos conocer la estatua de madera que inspiró "El Nazareno". Aunque ahora que lo pienso, ¿acaso habrá sido el Cristo Negro quien nos mandó a buscar a ti en Barcelona y a mí en Santo Domingo y nos unió en Portobelo con esa canción que venimos oyendo desde la infancia? ¿Acaso la intención era que nos reuniéramos ahí para descifrar la canción y su mensaje de hermandad y de caridad? En fin, freno aquí, que me pidieron que le baje el volumen a la música.
Un abrazo, Frank.
"Maelo" fue devoto del Cristo Negro de Portobelo en Panamá. / Fotografía por Esmeralda González Aguirre
Querido Frank:
Escuchar «El Nazareno» en bucle es una consecuencia directa de nuestra experiencia religiosa. Aunque no estoy convencida de que «religiosa» sea la palabra adecuada. ¿Tú eres devoto de algún santo? A mí los altares me daban miedo. Cuando era niña veía a mis abuelos colocando flores, velas y un vaso de refresco rojo delante de las imágenes de sus santitos. Más de una vez fantaseé con la posibilidad de darle un sorbo al vaso de refresco, pero aprendí que con los santos no se juega. En aquellos altares de mi infancia no había ningún santo negro. Apenas tenía noticias de Baltasar, y de él solo se hablaba en la víspera del Día de Reyes.
La parte de «El Nazareno» que hace que el éxtasis de los místicos se apodere de mí, ocurre durante el solo de timbales de Carlos Malcom (Rigo), cuando Ismael Rivera exclama: «¡Qué viva el Cristo negro de Portobelo!». Deseaba con todas mis fuerzas que ese Cristo existiera en algún lugar. Sabía que las cosas que dicen las canciones no siempre son ciertas. Y a mí nadie me había contado que el jefe de todos los santos era negro.
Quizás me acoja a las palabras de Ramón Barrera, el amigo de Maelo con el que conversamos cerca de la iglesia de San Felipe: «Lo mío con el Cristo negro no es religión, es tradición». Me pregunto qué hubieran dicho mis abuelos al verme llegar a una iglesia, con una vela en la mano y una plegaria en la boca.
No tengo la menor duda de que Maelo enriqueció «El Nazareno» con soneos de su propia cosecha. En sus canciones solía introducir frases que eran traducciones del lenguaje de los instrumentos –piensa en palabras como bituquilín o bituquipaquilín–; Maelo dialogaba con los cueros y las cuerdas en un juego de improvisación melódica que convirtió en su sello. Y lo hizo a su manera, desmarcándose de la tradición.
Por mucho tiempo, este fragmento del estribillo me resultó inquietante: «Me dijo que había muchos buenos conmigo, y muchos malos, también me dijo». Maelo describió «El Nazareno» como un canto a la amistad, a la hermandad de su gente y de su raza. El Cristo negro le decía: cuida a tus amigos, pero, ¿los malos podían considerarse amigos? Maelo recibió claras advertencias sobre la hipocresía que había a su alrededor. El Nazareno, que lo instaba a hacer el bien y a perdonar, también hablaba de establecer distinciones de buen juicio. Se refería a esa cuestión fundamental de aprender a separar el trigo de la cizaña.
Yo tampoco sé dónde nacen los poemas. Tendremos que volver a parafrasear a Lorca, que decía que la poesía es el misterio que tienen todas las cosas, y que todas las cosas tienen su misterio. De manera que un poema puede nacer en cualquier lugar. Como miembro honorable del gremio, podrás dar fe de que Portobelo tiene buen material para la poesía.
Un abrazo,
Sorayda.
Fuerte de San Jerónimo en Portobelo./ Fotografía por Esmeralda González Aguirre
Querida Sorayda:
Portobelo hace justicia a su nombre. ¿Recuerdas que los paisajes y la bahía nos recordaban Samaná? Incluso, cuando vimos el mar, le comentamos al taxista, si acaso no habíamos sobrepasado el noreste de Panamá y llegado a nuestra isla. Es muy similar. Y no solo es la semejanza con el mar, la naturaleza y los paisajes, sino también con el pasado colonial.
Al igual que Santo Domingo, Portobelo está rodeado de fuertes, de iglesias y de edificios coloniales. También sufrió las invasiones de piratas, ya que ahí se transportaba toda la plata y el oro que España saqueaba de Sudamérica. Allí, por cierto, me enteré de que el pirata Francis Drake, quien incendió Santo Domingo, falleció en un barco en la bahía de Portobelo. Y es en esa época, de fiebre de oro y de invasiones de piratas, que llega la imponente estatua de madera del Nazareno.
El taxista nos relató la leyenda. Un galeón procedente de España transportaba la estatua del Nazareno que estaba supuesta a ir a Cartagena de Indias. Al hacer escala en Portobelo, el galeón estaba presto a zarpar, cuando se desató una tempestad. Cada intento de partir resultaba catastrófico hasta que comprendieron que la estatua deseaba quedarse en esa tierra.
De hecho, llegó el 21 de octubre de 1658. Por lo tanto, en esa fecha se realizan las multitudinarias peregrinaciones en que participaban Maelo y sus amigos. La estatua ha estado desde entonces en el altar izquierdo de la Iglesia de San Felipe de Portobelo. Si uno se aproxima lo suficiente a la estatua de cara exhausta y con la cruz a cuestas es posible ver otra, la del cireneo, quien acorde con las escrituras, fue obligado por los soldados romanos a ayudar al Nazareno. Esa tradición cristiana de auxiliar al prójimo, de "dale la mano al caído", es lo que representa la escena del Nazareno y lo que se plasmó en la canción.
Cuando Maleo sonea que: “En la Iglesia de San Felipe de Portobelo/está el negrito que cargamos con celo”, se refiere a ese acto de subirse la estatua a los hombros, al igual que el cireneo que ayudó a cargar la cruz. Y también refiere esas procesiones, donde se pasea la estatua por el pueblo, que por cierto se realiza de un modo muy caribeño; la procesión no mantiene una línea recta, sino que tal si fuese una comparsa del carnaval sigue un ritmo musical: da tres pasos hacia adelante y dos pasos hacia atrás. Tal vez a este avanzar es al que se refiere en el soneo de “Dale pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante, pa'lante como un elefante”, que, ya que estamos, ¿no te parece poético eso de comparar dicha procesión con la lentitud y pesadez de un paquidermo?
Sabiendo que estamos en el Caribe esto no me sorprende. Tampoco me impresiona que la estatua del nazareno sea negra. Cada vez que preguntábamos sobre el color de la estatua nos contestaban que cuando la transportaban se cayó en el mar y al recuperarla el contacto con la sal la ennegreció. Quizás adoptó el color de los portobeleños que eran en su mayoría negros cimarrones. En la actualidad, la siguen llamando el negrito lindo, ese apodo afectuoso que le da Maelo en la canción.
Y esto me hace volver a las similitudes con nuestra isla, y específicamente con Samaná, donde se asentó una gran población de negros libertos. ¿Te acuerdas de que en la Escuelita del Ritmo conocimos un joven de la cultura congo? ¿Recuerdas su nombre? Se emocionó cuando le referimos nuestra procedencia. Imitó la jerga dominicana y contó que casi todo los influencers que sigue proceden de nuestro país.
Hasta nos contó que en Portobelo bautizaron una playa como Las Terrenas, que es uno de los balnearios más famosos de Samaná. Al verme boquiabierto ante la referencia soltó un ¡tú supiste!, con la gracia de cualquier guagüero dominicano. Saliendo del pueblo caí en que las palabras Samaná y Panamá tienen las mismas vocales y hasta riman. Ya no me hubiera sorprendido que a la vuelta de la esquina apareciese mi casa.
Un abrazo,
Frank
Portobelo, Panamá. /Fotografía por Esmeralda González Aguirre.
Querido Frank:
Claro que me acuerdo de nuestra visita a la Escuelita del Ritmo, y recuerdo al joven con el que conversamos: se llama Jairo. Nos lo presentó Rui Dinis, el director de la escuela. Me conmovió la pasión con la que transmite el orgullo de pertenecer a la cultura congo. A mí me falta esa claridad. Mientas que él se identifica abiertamente como congo, yo me identifico como dominicana afrodescendiente, porque en las ramas de mi árbol genealógico las pistas sobre la procedencia de mis ancestros son variadas y confusas. A veces me pregunto si desciendo del pueblo wólof, yoruba, bantú o, quién sabe, si por mis venas también corre sangre congo. Eso explicaría, tal vez, que nuestra visita a Portobelo permanezca en mi memoria como un regreso a casa. ¿Sabes lo que te quiero decir? Esa sensación de aspirar el aire de un lugar, mirar a tu alrededor y decir para tus adentros: ¿he estado aquí antes? En cualquier caso, mi linaje llegó por el mar, la madre que nos alumbró a todos.
«El tambor congo llegó al nuevo mundo con el negro –dijo Boris Góndola en un reportaje–; no podemos decir que llegó de forma material: el negro lo trajo en su pensamiento y en su corazón». Góndola dice que el tambor congo adquirió su forma tangible en las montañas de Portobelo que conquistaron los cimarrones, por eso es un símbolo de libertad. ¿Sabes que la relación de Maelo con la música empezó con toques de tambor y visos de cimarronaje?
A los catorce años, Maelo trabajaba como albañil en las obras de construcción que dirigía su abuelo. Su gran amigo, el también músico Rafael Cortijo, se presentaba en los terrenos de obra cargado con sus tambores. El abuelo tenía a Cortijo atravesado entre las cejas: «Ahí está el negrito ese con los tambores otra vez, lo voy a botar a él y te voy a botar a ti». Bastaba un silbido de Cortijo para que Maelo dejara el trabajo. La rumba empezaba y acababa en la playa, cuero y cantos hasta el amanecer.
No hay poesía más perfecta que la que teje la vida con sus azares. El camino de Maelo como artista empezó con esas escapadas, cuando, un día, Cortijo se quedó mirándolo muy serio y le dijo que en su voz había algo especial. Eran dos adolescentes, Cortijo apenas tenía un año más que Maelo, pero ya hablaba la lengua de los sabios. Al principio Maelo no se lo creyó mucho, pensaba que su amigo exageraba, que le estaba dando coba.
Por obra y gracia de la amistad, Maelo se fugaba de la obra para rumbear con Cortijo. Y, de nuevo, la amistad lo llevó a la tierra de los negros cimarrones que hacían sonar sus tambores en lo alto de las montañas.
No sé si recuerdas que hay una estatua de Ismael Rivera en la entrada de Portobelo. En la inscripción figura la fecha de su nacimiento y, dónde debería estar la fecha de su muerte, hay una escala musical. Para mí está claro: Maelo será eterno mientras su música suene.
Un abrazo,
Sorayda.
Créditos
Texto: Sorayda Peguero y Frank Báez
Fotografías: Gabriel Rodríguez
Curaduría y edición: Esmeralda González Aguirre
Centroamérica Cuenta | Ciudad de Panamá, mayo 2026
Esta crónica forma parte del proyecto Cuenta Centroamérica, en el que escritoras y escritores, participantes en el festival, se sumergen en las calles de la ciudad que les recibe y escriben sobre ellos.
