Estrechar la cintura del tiempo: la historia compartida de Estados Unidos y Panamá | Cuenta Centroamérica

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Estrechar la cintura del tiempo: la historia compartida de Estados Unidos y Panamá | Cuenta Centroamérica

Por Carlos Wynter-Melo | Panamá 

1. Aquellos años y Scott

Durante mi adolescencia, tuve un amigo llamado Scott. Scott era zonian, lo que daba a su amistad tintes inusuales; Panamá vivía, a veces de manera tensa, la presencia militar de los Estados Unidos. ¿Qué era un zonian? El habitante de un espacio sui generis, la Zona del Canal de Panamá. ¿Cómo eran exactamente las relaciones entre los Estados Unidos y Panamá? Poco a poco iré esbozándolas.

Mis amigos me apodaban chombo. Entiéndase por chombo un hombre negro de ascendencia afroantillana. El origen del término hace alusión al tamaño de los afroantillanos, jumbo, aunque mi cuerpo adolescente era alargado y flaco. 

Tras el fracaso del Canal Francés, hubo que realizar esfuerzos creativos para reclutar trabajadores. Ya se había corrido la voz de que las labores podían ser mortales. Se debieron inundar las islas antillanas con panfletos del Panamá man, el hombre que hacía fortuna en el istmo, para tener algún resultado. 

Guillermo Evers Airall relata en su libro Silver y Gold: historias no contadas sobre los inmigrantes que construyeron el Canal de Panamá, que la mayor parte de los isleños se ilusionaron con amasar fortuna y regresar a sus tierras. No fue el caso. La mayoría inició negocios con lo devengado por sus labores, que tuvieron mayor o menor éxito, y halló en el país una nueva casa. 

Scott y yo teníamos en común las camisetas con estampados de rock y nuestras edades. En lo demás, éramos distintos. Él tenía un admirable parecido al vocalista de Metallica, James Hetfield. Yo llevaba solo un afro corto y compacto. 

Pero algo más nos hacía coincidir: como los adolescentes de todos los tiempos, nos sentíamos solos. Yo hallaba consuelo en mi gallada (mi grupo de amigos) y Scott tenía a sus papás, lo que equivale, para un quinceañero, a decir que no tenía a nadie. 

¿Por qué Scott estaba donde estaba, en los tiempos que corrían? La velocidad con que se desocupaban alojamientos en las bases militares, a veces, era menor que la del reclutamiento. Se rentaban casas aledañas a la Zona del Canal y así se suplía la carencia. 

Nuestra amistad nació sin causa evidente. Lo recibimos en nuestra calle sin salida, con el sonido potente del Heavy Metal en la casetera. No fueron pocas las cervezas que bebimos ni las conversaciones hasta entrada la noche.

2. Descubrir las bases militares

Los padres de Scott nos invitaron a pasar un día con él, una vez se acomodaron en las bases militares. El agradecimiento se asomaba tras las sonrisas. También había una tensión muda. Corrían los años ochenta y los límites que encapsularon la vía interoceánica se desdibujaban. Los jóvenes del Instituto Nacional habían dejado de ser abaleados por reclamar soberanía en la Zona del Canal (9 de enero de 1964), pero las raíces del conflicto permanecían latentes. Se había firmado el Tratado Torrijos Carter en 1977 y el plazo de cumplimiento se agotaba con lentitud. 

A punto de marcharnos, vi a una mujer indígena. Iluminada con ropa deportiva y fluorescente, trotaba por las calles sin tráfico. Nunca olvidaré sus fugaces colores. Los estadounidenses rubios eran atraídos por mujeres así; los gringos se enamoraban de nuestras cholitas. Nunca, sin embargo, había visto un despliegue tan decidido de poder femenino y étnico. Y también pasaba lo contrario. “Carne blanca, perdición del negro”, se decía. 

3. Un cruce extraño en la cabeza

Mis lecturas antiimperialistas avanzaban en paralelo. Mi padre y madre llevaban años conectados con el partido que fundó el nacionalista Omar Torrijos. A mi padre le habían regalado los libros de Joaquín Beleño y yo los devoraba. Un hilo en mi cabeza se trenzaba con la amistad de Scott. 

Beleño escribió Los forzados de Gamboa (Gamboa Road Gang). Uno de sus personajes era un negro de piel rojiza llamado Atá. Atá no era una creación por entero ficticia, se basaba en Lester León Greaves. Como Atá, Greaves permaneció preso en una cárcel zonian. Su delito era más común de lo que podría pensarse: haberse enamorado de una gringa blanca. Pero los desencuentros y encuentros con los Estados Unidos ocurrían desde antes.

La construcción del Canal transformó el país para siempre. Sumadas las cifras del proyecto francés y del estadounidense, un aproximado de 315,000 habitantes recibieron 100,000 recién llegados. El impacto se grabó en un collage de arquitecturas y costumbres. El componente indígena quedó subsumido bajo el estadounidense, europeo e, incluso, el afrodescendiente 

En el informe La sociedad panameña: historia de su formación e integración, vertebrado por Alfredo Castillero Calvo, hay un capítulo de La Zona de Tránsito. En él, se examinan las inmigraciones afrodescendientes y las clases sociales de la ruta interoceánica. Como el resto de Latinoamérica, Panamá es un brote indígena con ramas de inmigraciones, pero la construcción del Canal multiplicó su frondosidad. 

El mar y la ruta interoceánica han definido la historia compartida entre Panamá y Estados Unidos durante más de un siglo. / Fotografía por Gabriel Rodríguez. 

4. Armonizar la historia

¿Cómo recordar con gusto la fraternidad de Jimmy Carter si estamos ante un agresivo Donald Trump? La Casa Blanca amenaza con borrar luchas generacionales cada cierto tiempo.

Aceptemos, empero, que la historia de Panamá, la de Latinoamérica toda (¿es arriesgado decir que la del planeta entero?), es inseparable de la del imperio americano. Ponderemos los momentos en su justa medida. No todos los estadounidenses fueron gringos, aunque el presidente actual lo sea sin ningún tipo de vergüenza. 

5. Una noche para culminar el día

Yo acababa de impartir clases en la universidad y me dirigía a mi apartamento de entonces. Pero me había separado de mi pareja y me repugnaba pasar tiempo de más en un hogar desierto. 

Un letrero verde neón, con zigzagueantes letras, se reflejó en el parabrisas de mi automóvil. Estacioné y me dispuse a coronar la noche con un trago. 

En la barra del bar, me acomodé en uno de sus bordes. No deseaba ser molestado. Pedí ron en las rocas. Al poco tiempo, lo bebía a sorbos; quería quedarme en el lugar el tiempo justo.

Sentí que me palmeaban el hombro. Me volteé. Era un rostro huesudo y feliz: Scott. En lugar de su larga cabellera, había un corte pegado al cráneo y patillas largas. 

Me apresuré a saludarlo. Le conté que impartía clases. Que, para completar mis ingresos, también trabajaba en una monótona oficina gubernamental. Y fue obvio que no me reconocía por completo. Parecía buscar rastros del yo de sus memorias. 

Me arrebató la palabra. Dijo que trabajaba con la bolsa de valores. Había rentado un piso en la lujosa Paitilla. Desde ahí, veía el mar magnífico y extenso... Se quedaría unos días. Tampoco pude relacionarlo con mis recuerdos. Sin su aire a Hetfield, no era Scott. La manera en que articulaba las palabras… Su tono parecía impostado. Tuve que suplantar el presente con el pasado.

Estuve un rato viéndolo, sin hablar. Mi cuerpo permanecía a medio giro entre el taburete y la barra acolchada. Mis ojos miraban a través de Scott. Sentía nostalgia, no alegría. Solo quedó hablar de la calle sin salida, la breve visita a la base militar, los amigos…

Agotamos el interés. Además, habíamos consumido un tercio de hora sin encontrar lo que buscábamos. Sonreí. Le expliqué que debía despertarme temprano mañana. Un abrazo estrechó la cintura del tiempo. Mi país y los Estados Unidos: un pasado imborrable, un futuro por develar. Anduve con pausa hacia la salida.

Créditos

Texto: Carlos Wynter-Melo

Fotografías: Gabriel Rodríguez

Curaduría y edición: Emiliano Monge

Centroamérica Cuenta | Ciudad de Panamá, mayo 2026

Esta crónica forma parte del proyecto Cuenta Centroamérica,  en el que escritoras y escritores, participantes en el festival, se sumergen en las calles de la ciudad que les recibe y escriben sobre ellos.