Por Luis Chaves | Panamá
Allí está el gran cuerpo de agua marrón que, advierten los locales, no es para bañarse. El límite entre el agua salada y el continente lo traza un muro bajo pintado de azul, el color simbólico del mar. Inaugurada en 2009 en terreno que, como suele decirse, se-le-ganó-al-mar, la Cinta Costera es un paseo municipal para propios y visitantes. Una extensión de siete kilómetros en paralelo a la costa que despliega senderos de concreto, bancas, playgrounds, canchas polifuncionales, jardines de diseño paisajístico. A tono con el júbilo colectivo de estas fechas, en uno de los islotes de jardín sembraron una reproducción a gran escala de esas dos figuras humanas que, alegóricamente, sostienen al planeta Tierra: la Copa del Mundial.
Única representante de Centroamérica para este torneo, Panamá celebra y anticipa con alta expectativa su segunda participación en mundiales, y a escasos veinte días del inicio de la vigésimo tercera edición de la Copa del Mundo, el brazo largo de la FIFA domina prácticamente los, si nos apegamos a la biología moderna, siete reinos de la naturaleza. Vallas flanqueando calles y autopistas, publicidad impresa y virtual, envoltorios y recipientes de todo tipo de productos, programas televisivos y radiales, canción de la Roja transmitida en bucle a lo largo del día, el trasiego hiperactivo de figuritas del álbum Panini -derechos exclusivos desde hace más de cinco décadas-, el logaritmo silencioso de las apuestas. La marea de un ente corporativo monopólico que tiene tanto que ver con el fútbol como las iglesias con la espiritualidad.
A través de Nueva Generación, desde 2003 se gestiona el Mundial del Barrio./ Fotografía por Lucho Araujo.
El fútbol está en otra parte. Por suerte, sus partículas elementales, su esencia original comunitaria, colectiva y transversal es indestructible. Y en los barrios históricos que siguen siendo desplazados por la gentrificación del vistoso Casco Viejo, hay una prueba viva.
Para ser más precisos, en los corregimientos del Chorrillo y San Felipe, específicamente en Barraza, se levanta el Centro de Atención Integral de Barraza, proyecto de la Fundación Nueva Generación que, entre otros servicios comunales, gestiona desde 2003 el Mundial del Barrio.
Barrios populares que cargan con el estigma de peligrosos (estigma que, como muchos, carga con la dialéctica realidad / profecía autocumplida), atravesados por carencias sistémicas institucionales y materiales que fueron derivando hacia la expansión y violencia de las pandillas. No sería justo disociar la realidad de esta zona del distrito Panamá con la destrucción masiva de la que fue víctima en la denominada “Operación Causa Justa”: bombardeo seguido por asalto militar estadounidense en la invasión de diciembre de 1989.
Del perímetro limpio, coqueto y turístico del Casco Viejo con sus construcciones restauradas y revalorizadas, su policía manteniendo a raya lo que no se quiere mostrar y el tránsito de automóviles del año, en tres o cuatro cuadras se cruza sin escalas intermedias a las ventanas y balcones de ropa tendida al sol en edificios multifamiliares deteriorados. Balcones multiplicados desde donde se comparte, a volumen plaza-pública, la cadencia contagiosa de ritmos latinoamericanos, esquinas de basura acumulada, baldíos reclamados por la maleza y los sin casa. Panamá tampoco escapa al virus de la época. El contraste es patente, no hay que ser un teórico ni experto en ciencias sociales o políticas para aproximarse a conclusiones: una zona con signo contrario a la elitización.
Participan en estos programas niños y niñas de 3 a 15 años. / Fotografía por Lucho Araujo.
Fue aquí en 1991 cuando, amenazados por un entorno con índices crecientes de violencia y criminalidad juvenil, precisamente jóvenes agrupados de San Felipe encontraron modos de resistencia y visibilidad en la organización de actividades deportivas, siendo la más prominente la de pequeñas ligas de fútbol infantil y juvenil (divisiones de ligas de 3 a 15 años). Así, una respuesta surgida de la urgencia que tuvo como sede la cancha Plaza Amador, dio origen al Movimiento Nueva Generación. La cancha era áspera y árida, pero la semilla de esta iniciativa cayó en terreno fértil y más temprano que tarde, además de San Felipe, a la liga de fútbol se sumó la comunidad del Chorrillo. La idea originaria poco a poco fue incluyendo otras disciplinas deportivas y culturales: su onda expansiva y transformadora resiste y cuestiona las etiquetas que se niegan a aceptar.
Lo que había empezado con cuatro ligas infantiles, en 2003 se afianzaba ya como un territorio donde niñas, niños y adolescentes convocados por el fútbol recibían herramientas para reconocerse en toda su dignidad y posibilidades. Es hasta 2010 que llega el nombre Mundial del Barrio y ese mismo año, con el empuje de uno de los grupos de medios de comunicación más importantes del país, se extiende a otras provincias y dos comarcas indígenas (Ngäbe–Bugle y Guna Yala). Y, con una vuelta de tuerca pionera, en 2016 se conviefrte en un espacio de participación femenina y masculina equitativa en todas sus actividades: tanto equipos mixtos como competencias específicas para niñas y adolescentes.
A partir del fútbol, no el privatizado y gentrificado por la FIFA, sino el deporte popular y democrático al que Gramsci se refería como “el reino de la lealtad humana ejercido al aire libre”, fue la misma comunidad ampliada de San Felipe y el Chorrillo la que logró que el país conociera o reconociera su otra cara.
Si bien en el deporte, la práctica es decir la forma es a la vez su fondo (no necesita nada más, se basta a sí misma), quedarnos ahí sería reducirlo a la nomenclatura moral del deber-ser. Lo cardinal es el rango de sus repercusiones comunitarias e individuales y esto lo ha demostrado muy bien el proyecto ideado por un grupo de jóvenes en 1991. Esto, sin embargo, no nos impide señalar y celebrar los casos excepcionales; varios jugadores y jugadoras que han llegado a integrar la Selección Nacional de Panamá, salieron del Mundial del Barrio: por ejemplo, Marta Cox, Fidel Escobar, Freddy Góndola, Alberto Quintero.
Este mundial se extiende a otras provincias e incluye dos comarcas indígenas. / Fotografía por Lucho Araujo.
Al otro lado de la Cinta Costera está el skyline del distrito financiero y residencial, esas moles enormes y modernas que si no son rascacielos, se les parecen mucho. En medio, el puerto vigilado por gallinazos y las terrazas abiertas del Mercado de Mariscos donde el aire es una sustancia tangible. Mientras tanto, en Barraza, en una de las aulas climatizadas del Centro de Atención, unos pelaos y pelaas barajan postales, figuritas, del álbum Panini. La-tengo, no-la-tengo, es el mantra del intercambio. El lamento general es que todavía circulan muy pocas o ninguna de los jugadores de su selección nacional.
Sin duda ya lo saben, el fútbol originario, el indestructible, su esencia, está en otro lugar. Lo practican ellas y ellos ahí afuera todas las tardes.
Créditos
Texto: Luis Chaves
Fotografías: Lucho Araújo
Curaduría y edición: Emiliano Monge
Centroamérica Cuenta | Ciudad de Panamá, mayo 2026
Esta crónica forma parte del proyecto Cuenta Centroamérica, en el que escritoras y escritores, participantes en el festival, se sumergen en las calles de la ciudad que les recibe y escriben sobre ellos.
