Palabras de inauguración por Sergio Ramírez

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Foto de Daniel Mordzinski

 

En el año de 2013, con un puñado de escritores centroamericanos y algunos de Alemania y Francia, iniciamos esta dichosa aventura que bautizamos desde entonces como Centroamérica Cuenta.

Cinco años después, tenemos presentes cerca de doscientos participantes entre narradores, cronistas, cineastas, académicos, críticos, traductores, ilustradores, editores, libreros, y talleristas, provenientes de Europa. Estados Unidos y América Latina, a quienes damos la más calurosa bienvenida.

El propósito del encuentro sigue siendo, como desde el principio, establecer un puente de comunicación de ida y vuelta  entre los escritores centroamericanos y sus pares de otros países, de la propia u otras lenguas.

Centroamérica “cuenta” porque hay infinidad de historias para ser contadas en su realidad cotidiana y en el imaginario de sus escritores; y “cuenta” porque sus escritores y su cultura tienen un peso propio, que queremos sea conocido y reconocido fronteras afuera.

Fruto de esta aspiración es que tanto en la lengua alemana como en la francesa, en este caso de manera anual, se publiquen antologías de cuentos donde los autores seleccionados son jóvenes participantes centroamericanos del encuentro. Y por eso mismo, porque buscamos privilegiar a los jóvenes, una vez más hemos entregado el premio del Concurso Centroamericano de Cuento.

Junto a los encuentros literarios, toda una fiesta de conversaciones libres y abiertas donde los escritores centroamericanos alternan con los de otras partes del mundo, se celebrarán talleres formativos que van desde el periodismo narrativo y el periodismo digital, la novela negra, la narración oral, a la formación de lectores y la traducción literaria.

Ya hemos iniciado desde la semana anterior el ciclo “literatura hecha cine”, donde se presentan películas basadas en novelas de escritores invitados, o donde ellos mismos son autores de los guiones. Tenemos un encuentro de literatura infantil, “Contar a los niños”. Y presentaciones de libros publicados tanto por editoriales centroamericanas, como de fuera de la región, en un número cada vez más creciente.

Y, a mitad de la semana, se inaugurará en el Centro Cultural de España la gran exposición “Objetivo Mordzinski”, con más de 200 fotografías  del afamado fotógrafo de los escritores Daniel Mordzinski. Esta exposición recorre Iberoamérica bajo el patrocinio de Acción Cultural Española.

Centroamérica Cuenta es un espacio múltiple para hablar de literatura y sus infinitas conexiones con otras artes, y con la realidad contemporánea, y que este año dedicamos a dos grandes autores franceses del siglo veinte, André Malraux y Albert Camus. Ambos encarnan, en muchos sentidos, el espíritu de la libertad creadora. Camus desde sus reflexiones sobre el intrincando destino de la existencia de los seres humanos, basta leer su novela El Extranjero, y Malraux como uno de los ejemplos cimeros del escritor comprometido, combatiente del lado de la república española, y novelista ejemplar también, basta leer La condición humana.

Este es un año de hermosas coincidencias: el centenario del nacimiento de Juan Rulfo y de Augusto Roa Bastos, dos escritores de lugares distantes entre sí en la geografía de América, México y Paraguay, que reinventaron nuestra literatura desde el lenguaje, como no hay otra manera de hacerlo, autores de dos novelas clásicas: Rulfo autor  de Pedro Páramo, Roa Bastos autor de Yo, el Supremo, retratos imperecederos, una del caudillo rural, dueño de vidas y haciendas; y la otra del tirano que pretende vestirse para siempre con la piel del poder.

Hace medio siglo el novelista centroamericano Miguel Angel Asturias, autor de El señor Presidente, otro clásico, ganó el Premio Nobel de Literatura. Y se cumple el medio siglo de la aparición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, de quien hablaremos en el encuentro de su doble papel de novelista y de periodista, pues supo emparentar ambos campos con maestría a través de los instrumentos de la literatura.

En un mundo como el de hoy, donde las peores amenazas contra la convivencia humana provienen del terrorismo, la discriminación, el racismo, la intolerancia política y religiosa, el desprecio a la diversidad, la persecución y el acoso contra los emigrantes, el lema de Centroamérica Cuenta es este año Nosotros los otros.

No simplemente la tolerancia, que es una forma pasiva de ver a los demás que no son como nosotros, sino tratar de ser, ver, sentir como los otros, encarnarse en ellos, trasladarnos hacia ellos, meterse debajo de su piel, ser nosotros en el otro.

La literatura es capaz de promover este viaje profundo hacia los otros, porque no existe otro territorio más diverso, ni más ancho. En la creación literaria cabe todo y cabemos todos, y desde la invención es posible derribar muros.

La palabra es nuestro instrumento privilegiado para abrir puertas, o forzar a que sean abiertas. Comunicar, juntar, concertar, multiplicando las individualidades. Es el viaje desde la cabeza del escritor hacia la cabeza del lector donde la imaginación, que no tiene ataduras, ensaya siempre la libertad. Cada vez que alguien escribe y cada vez que alguien lee, estamos tendiendo puentes y buscando ser el otro, ser todos los demás.

Los otros son aquellos que se ven forzados a partir en busca del bienestar y la dignidad que en sus propios países se les niega. No Ulises que regresa a su patria, sino Ulises al revés, que deja su patria y a lo largo de una ruta azarosa debe enfrentar los peligros que surgen en su ruta azarosa, a merced de bandas criminales, entre extorsiones, secuestros, y amenazas mortales, por lo que no pocas veces estos desterrados van a parar al fondo de una fosa común antes de haber podido divisar la tierra prometida, un espejismo al otro lado de un muro que pretende ser inexpugnable, construido con las piedras de la intolerancia.

La literatura y el arte van constantemente hacia ellos, y acompañan su recorrido sobre el lomo trepidante de la Bestia. Vistos en su conjunto, los emigrantes representan un fenómeno social; vistos en sus vidas individuales, su drama entra en el terreno de la literatura, que es en sí misma un viaje.

Y también están los otros que son distintos, y por tanto discriminados y reprimidos, por el color de la piel, por su raza, por razones de género, por sus preferencias sexuales. Por su religión, por su cultura. La literatura, en su dimensión necesariamente universal, emprende igualmente el viaje hacia ellos, para encontrarlos, y encontrarse en ellos.

Vivimos como nunca en un mundo donde la palabra representa un riesgo de muerte. La literatura y el periodismo son oficios siameses, desde luego que nuestro instrumento común es la palabra. Y la palabra se ha vuelto letal. Javier Valdés, el periodista asesinado en México por sicarios del narcotráfico, junto a tantos otros antes que él, nunca se calló, y asumió con valentía su oficio de bajar a los infiernos del crimen organizado, y traer la verdad al regreso de ese viaje, para exponerla delante de los demás en un acto de verdadero humanismo, aunque en ello le fuera la vida.

Esa fotografía de su cadáver a media calle, con el sombrero que nunca dejó de usar encima de la sábana que lo cubre, es un ejemplo para todos quienes trabajamos con la palabra, y una lección. La lección de no callarse nunca frente al poder, ninguna clase de poder. En el periodismo, en la literatura, y en la vida.

 

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