De mar a Napoleón

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Por Carlos Cortés

No recuerdo el número del volumen preferido de mi enciclopedia juvenil pero sí la primera y la última palabra que lo componían, impresas en el lomo como señales luminosas, y que resumían a la perfección lo que yo pensaba del mundo antes de los 10 o 12 años: mar y Napoleón. Esas dos palabras condensaban y de alguna manera todavía condensan la tentación del absoluto que se encuentra almacenada en la pólvora del lenguaje para quien, como yo, quería convertirse en escritor.

Me sorprende recordar casi con vergüenza que durante mi infancia estuviera obsesionado por la figura de Bonaparte si no fuera porque releyendo hace poco La cartuja de Parma volví a emocionarme con la descripción que realiza Stendhal de la batalla de Waterloo, una especie de cataclismo universal que decidió la suerte de Europa durante casi un siglo, y en el que involuntariamente cae Fabricio del Dongo presa de su arrebato napoleónico. A la vuelta de las décadas me vuelvo a encontrar con la figura evanescente del Emperador, tal y como la entrevé de lejos Fabricio, en una de las mejores escenas de la narrativa mundial, tal y como la soñé yo mismo muchas veces, tanto en la obra de Stendhal, también obsesionado por Napoleón hasta el final de sus días, como en las Memorias de ultratumba de Chateaubriand, rabiosa y espléndidamente antinapoleónico.

De mar a Napoleón resume lo que significa para mí la literatura francesa: el horizonte ilimitado de la aventura y la pugna por el poder y sus consecuencias, en dos líneas paralelas que se intersecan en una perspectiva moral, el de la libertad humana y la capacidad que tenemos de elegir uno u otro camino, tanto en la ficción como en la vida real. Como lo dice Balzac en Pequeñas miserias de la vida conyugal: “La novela es la historia privada de las naciones”. En mi adolescencia, al escuchar a mi padre afectivo recitar como una oración civil el alegato “¡Yo acuso!” (J’accuse…!) de Émile Zola a favor del capitán Dreyfus, injustamente condenado en 1894 bajo cargos de espionaje por ser judío, ignoraba que aquella denuncia equivalía a la invención del intelectual moderno y, quizás, del ciudadano en la democracia moderna.

En el siglo XXI, mientras vemos en tiempo real la explosión de las Torres Gemelas, la devastación de Siria o la marejada humana que naufraga en el Mediterráneo, palabras como intelectual, compromiso, responsabilidad, manifiesto o protesta, que hasta hace poco formaban parte de nuestro vocabulario, caen en el saco roto del relativismo posmoderno, la indiferencia y el nihilismo.

Durante este periodo, en que muchos conceptos se han desacreditado, quizá con razón, entre ellos el del intelectual como conciencia lúcida de su tiempo, permanecen dos grandes figuras como ejes contradictorios de este debate: Sartre y Camus. El siglo XXI, al menos por ahora, parece haberle dado la razón al segundo en su denuncia del socialismo real como sistema de represión, la inutilidad de la violencia a ultranza y la defensa de la rebeldía como último reducto de libertad.

Sartre fue uno de los filósofos más importantes del siglo pasado, pero como pensador comprometido con la lucha revolucionaria vio la realidad con sus ojos física e ideológicamente estrábicos. Los tiempos hipermodernos son los de Camus, en su feroz individualismo salpicado de absurdo, efímera eternidad y ciega esperanza por seguir -hacia un adelante que no es ni el progreso positivista ni el futuro utópico-. Sartre no tuvo dudas, Camus es la duda en carne viva. La primera función del intelectual –o lo que quede de él- es dudar de sus ideas y frágiles certezas, “vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de la justicia… ¿Qué verdadero escritor osaría, en conciencia, proclamarse apóstol de la virtud”. No por nada Olivier Rolin, otro gran narrador francés, llama a los intellos “tigres de papel”.

Ahora que Centroamérica cuenta decide dedicarle su próxima edición a dos de los mitos literarios del siglo XX, André Malraux y Albert Camus, hermanados por la indagación moral en torno a los otros que también somos nosotros –los inmigrantes, gitanos de todos los países-, no puedo menos que recordar el célebre Discurso de Suecia en que Camus clama y reclama que “ante un mundo amenazado de desintegración (debemos) restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, y reconstruir con todos los seres humanos una nueva Arca de la Alianza”.

En 1942, la intervención de Malraux, ya entonces un escritor consagrado y modelo del joven Camus, permitió que se publicara su primera novela, El extranjero. Los dos personajes, que nos seducen aún hoy en día con su halo heroico de hombres de acción, comparten no solo el cuello levantado de la gabardina y el pitillo a flor de labios de las imágenes icónicas, sino la coherencia entre los actos y las palabras.

Pero el campo de acción y la historia que compartieron fueron diferentes. Camus vivió con una intensidad fulgurante sus escasos 47 años. Malraux fue el prototipo del escritor comprometido, nació casi con el siglo, en 1901, y vivió varias vidas sin inmutarse, como un monstruo de la naturaleza. Vargas Llosa escribió que le hubiera gustado tener la existencia de Malraux y, añadiríamos nosotros, haberla gozado con la belleza física de Camus –de la que sí disfrutó el narrador peruano-.

La mirada privilegiada de Malraux se centró en el periodo de entreguerras donde el voluntarismo y la ética individual todavía parecían dominar el mundo para el hombre occidental. Compañero de viaje de la izquierda, impresionante productor de palabras, narrador puro y orador épico, sus contradicciones lo llevaron de traficante de antigüedades khmer a crítico de arte y ministro de Cultura y del maoísmo al gaullismo, y sus compromisos, no menos apasionados que sus paradojas, a ser brigadista internacional en la guerra civil española y héroe de la Resistencia.

Metido hasta las narices en todos los grandes conflictos sociales y político-militares de su época –en el sudoeste asiático, la Segunda Guerra Mundial, la Quinta República Francesa, la descolonización y la Guerra Fría-, nos legó dos obras sin las cuales no podríamos entender esos ciclos históricos. La condición humana (1933) y La esperanza (1937) –la mejor obra sobre la conflagración española- tal vez no representan la explosión y densidad estilística de Proust y Céline –ni la oscuridad de este último-, pero están entre las mejores novelas del siglo XX.

Si de Camus nos conmueven sus fabulas morales y metáforas punzantes sobre el sentido de la vida en un siglo sin sentido, de Malraux nos sigue impresionando su agudeza para convertir los más complejos movimientos sociales en actos de extrema crueldad y de generosidad extrema. Si en el mundo de Camus los héroes son imposibles, en el de Malraux son necesarios para seguir viviendo. Si el primero nos recuerda con Stendhal que “La única excusa de Dios es que no existe”, Malraux escribe que “el siglo XXI será religioso o no será”.

andremalraux

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